"Hace unos años un viejo de esos que saben de la vida, de esos que llevan muchas más experiencias a cuestas de las que pueden recordar, me dijo que yo tenía alma de mártir. Tal vez tenga razón. Me dijo también que tenía un poco de eso que algunos llaman abogado del diablo; que defiendo sin remedio causas que no tienen solución; que lo de mártir me quedaba bien, porque así justificaba lo que hacía. Mencionó algo respecto de la confianza. Dijo que yo era hombre de fiar, que generaba una confianza innata en mi, pero que a la vez era demasiado confiado. En eso sí que tenía razón... ¡Cómo tenía razón ese viejo!
Y es que a estas alturas de la vida debería ya haber aprendido a distinguir entre los que me dicen algo por simple cortesía, los que lo sienten a medias, los que se preocupan por mi y los que, lisa y llanamente, son embusteros de primera línea. Al fin y al cabo son solo palabras... Pero ¿cómo averiguarlo? ¿Torturando a cada uno hasta hacerle decir la verdad? La verdadera pregunta es por qué no puedo ni logro desconfiar del resto del mundo. Quizá no tenga ese don. Quizá soy demasiado sincero con todos y espero lo mismo a cambio. Pero, aunque sean solo palabras, cuando te das cuenta de lo que esconden es como si te bombardearan el corazón. De una manera metafórica, claro.
¿Has sentido alguna vez esa sensación de opresión en el pecho que no te deja respirar? ¿Esa que te nubla la vista justo antes de que se te escape una lágrima? Esa sensación de angustia que te deja un nudo en la garganta y te corta las palabras como si se confabulara con el resto de tu cuerpo para bloquearte el pensamiento y quitarte la racionalidad.. ¿Las sentiste alguna vez? ¿La sientes ahora? No, esto no funciona así... Tal vez no funcionó desde el principio... ¡Oh, Dios, debí darme cuenta! Pero que tonto fui, creyendo en tus palabras endulzadas con rencor y despecho. Solo tenías que abrir esa boca que me regaló incontables sensaciones que no sería capaz de describir y decirme que hacía el ridículo, que era un payaso, una marioneta de tus desilusiones y caprichos...
No es que ya no te crea. Tampoco es que haya dejado de amarte. No soy yo ni eres tú. Es un poco de ambos lo que no nos deja partir. Un poco de mi, que se quedó en ti, que se irá contigo a donde quiera que vayas. Un poco de ti que aún conservo, sentir el olor de tu cabello por las mañanas, la suavidad de tu piel cuando la recorrían mis dedos, el tacto sutil de tus manos al dormirme entre tus brazos. Pero se quebró. En algún punto sin retorno y sin explicación. No hay vuelta atrás, lo he oído de tu boca, aunque sin querer. Consejo, niña mía, deberías dejar de ser tan pública y cuidar aquello que brota de ese par de labios que aún me fascinan, tanto como la primera vez que los besé.
Sé que no hay olvido que funcione, ni perdón que valga. Solo espero, querida mía, con toda sinceridad, porque es lo único que no lograste llevarte y arrancar de mi, que cuando esto le suceda a otro no sufra ni más ni menos que yo, tan solo lo justo, por haberse enamorado de tus ojos azabache que parecen no decir nada, de tu mirada de picardía y ternura, de tus palabras aterciopeladas, de tu sonrisa a medias cuando querías ser coqueta, de tus suspiros y de tus besos que, espero, algún día dejen de torturarme...
No puedo curar tu alma si tú no me dejas, niña. Puedo dejar de verte, de mirarte, de respirar tu aire, incluso intentar olvidarte, pero curarme de amarte, lo dudo...
Tuyo siempre, Gerard."











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