Quería llorar, correr, saltar, arrancarse el cabello, morir
y resucitar al mismo tiempo. Pero decidió escribir. Fluir, como solo ella sabía
hacerlo. Porque las ideas se agolpaban en su mente y le machacaban el corazón,
haciendo temblar sus dedos al taladrar cada palabra. Tanto que decir y nadie
que pudiera oírla. Se estaba volviendo loca, poco a poco, de amor,
desesperanza, deseo, angustia, todo a la vez y vuelta a empezar. Necesitaba sus
besos, esos besos sigilosos que jugaban a quererla, haciéndole creer en la
infinidad, robándole el aliento. Necesitaba ese entrecejo tan serio y fruncido
al concentrarse en algo, su sonrisa traviesa invitándole a algo más. Quería
esas manos decididas que le tomaban por sorpresa y le sacaban carcajadas.
Quería ser el motivo de sus risas distendidas y de sus suspiros al dormir.
Quería, secretamente, saber que él pensaba en ella al menos una vez al día, que
tal vez la recordaba de vez en cuando y sonreía al hacerlo. Necesitaba algo, un
trozo de madera al que aferrarse en el naufragio de su insania. Un simple
gesto, una mirada cálida, una palabra dicha en el momento exacto. Pero nada. No
existían nada más que los buenos momentos, las conversaciones ligeras y el
placer que ambos sabían que podían entregarse mutuamente. Era un círculo
vicioso y trillado de circunstancias convertidas en oportunidades de llenar el
vacío que albergaban sus corazones, instantes rotos de una promesa implícita
que nunca llegaría a cumplirse, como si el final fuera inexorable y absoluto, de
un momento a otro. Como si un simple gesto, una mirada de más, una palabra
dicha en el momento incorrecto, pudieran desmoronar su torre de naipes con la
ligereza de un soplido. Así estaba, presa de un sentimiento que no podía
explicar, que no podía controlar ni detener. Y los días avanzaban. Y pasaron
semanas. Y luego meses. Y nada cambió jamás, excepto los latidos de su corazón,
que se desbordaba extasiado cada vez que sentía el calor de su piel,
abrasándole el alma con fuego vivo, quemando en ella las esperanzas de un amor
muerto antes de nacer. Pero no podía dejarlo, necesitaba al menos su cercana
lejanía, esos besos viles que no sabía cómo interpretar. Mas no le importaba,
porque el miedo es fuerte, se encarna y crece. El miedo a no tener más su
cuerpo, a perder esos instantes de cuasi complicidad, de falsa compenetración,
de susurros al oído. Porque en la cama él era suyo y ella de él, pero las luces
del alba traían consigo rayos de realidad. Y es que ella seguía siendo de él
cada día del mes, pero él era suyo solo una vez por semana.










