Hoy se dio cuenta de algo. Su pecho ardía, molesto y
sobresaltado, como angustiado, pero de felicidad. Era una extraña sensación,
una mezcla de emociones que las palabras no podían describir. Mundanas y
empobrecidas, no le servían de nada. Tenía ganas de gritar, correr, saltar y
volver a gritar aún más fuerte, si cabía. Se creía capaz de todo. Cualquier
cosa. Todo era posible desde ahora. Se sentía absurda, ilusa, feliz, embobada.
Todo a la vez. Como si fuera la primera vez que su corazón latía de esa manera,
desbocado, como la primera vez, pero era mucho mejor, porque sabía que en otro
lugar del planeta había otro corazón que latía igual que el suyo. Latía tan
fuerte que podrían haberle oído al otro lado del mundo, y no le habría
importado. Estaba asustada, sí. Tenía que reconocerlo. No sabía por qué, no
había razón para estarlo. Aún así, lo estaba. Asustada, tal vez, de tanta
perfección de tanta complicidad, de tanto de todo. Exceso de todo. Pero le
gustaba. Tal vez incluso se acostumbrara. Sí, podía hacerlo, quería
acostumbrarse a sus besos y a sus abrazos, a sus manos firmes recorriéndole la
espalda, estrechando su cintura para mantenerle junto a él, mientras el corazón
volvía a latirle una y otra vez, cada vez más rápido que el anterior,
desacompasado y antojadizo, ansioso, anhelante, sincronizado con el otro, como
si fueran uno solo. Sentía que así debió haber sido siempre. Que esa era la
manera correcta en que su corazón debía latir, que cada latido era una palabra
no dicha, porque las palabras no hacían falta, porque no se acercaban a trazar
siquiera aquello que le inundaba la mente y el corazón. Le embargaba por
completo, como poseída, mejor que cualquier droga y, por lejos, mejor que
cualquier antidepresivo jamás creado. Si pudiera envasarse no existiría la
infelicidad. Lo encontró sin buscarlo, después de muchos otros latidos sin
sentido, sin un rumbo, desorientados. Pero este latido era especial. Este
latido tenía un nombre detrás. Cual caballero medieval llegó a rescatarla desde
el último cuarto de la torre más alta. Cual damisela en peligro, llegó a
libertarla de quién sabe qué cosa. Era como un cuento de hadas de esos que te
contaban por las noches antes de ir a la cama, de ensueño. Así se sentía, como
un estado de sopor constante. Del letargo solo le sacaba el incesante palpitar
en su pecho, que no se cansaba jamás de latir así, exultante y eufórico, alegre
de saberse correspondido en algún lugar del mundo. Hoy se dio cuenta de algo.
Su pecho ardía, molesto y sobresaltado, como angustiado, pero de felicidad. Era
una extraña sensación, una mezcla de emociones que las palabras no podían
describir. Lo amaba.
πειρατης










