sábado, 12 de noviembre de 2011

Masoquismo


Sí, lo sabía, era un masoquista, pero no podía evitarlo cuando se trataba de ella. No le gustaba el dolor físico, no. Su masoquismo era espiritual, del alma. Aunque no lo admitiera, aunque lo supiera. Le dolía no tenerla, pero dolía aún más no saber nada de ella. No esperaba que le respondiera, solo quería que, al menos, ella supiera que él seguía pensándola cada día. Ese era su masoquismo. Después de todo, siempre quieres lo que no puedes tener. Y ella, ella era inalcanzable. Tal vez siempre lo fue. Quizá él siempre lo supo. Pero estaba enamorado, o eso creía. Y ya sabes lo que dicen del amor, te vas volviendo idiota sin darte cuenta. Y así le sucedió. Sin quererlo, sin buscarlo, le pasó. Pasó del cariño al amor. Y del amor… En el amor se perdió. Ahora era un capricho, básicamente. Eso, al menos, era lo que se obligaba a pensar. Un capricho que dolía como nunca nada había dolido antes. Le carcomía, le roía el alma cada vez que pensaba en ella. Pero era inevitable. No había nada más que lograra ocupar sus pensamientos con tanta concentración como ella. Cerraba los ojos y aún la veía allí, recostada, desnuda sobre su cama, a contraluz, mientras los débiles rayos de luz matutina delineaban su figura esbelta, la misma con la que soñaba cada noche antes de dormir, único momento en el que sus pensamientos viajaban a otros lugares, lejos de ella y de su dolor, lejos del martirio de saberla lejos de sus brazos para siempre jamás. Pero nada dura para siempre. Y volvía a despertar cada mañana, volvía a pensar en ella, a mortificarse con recuerdos de un pasado mejor, una vida que le parecía lejana, impropia, casi como si hubiese sido de otra persona. Un poco de esa misma vida se fue con ella cuando le dijo adiós por última vez. Acaso eso era lo que dolía, que fuera un adiós y no un hasta pronto. Un adiós definitivo, doloroso y moribundo, de esos que te asfixian sin darte cuenta, que te van matando poco a poco, lento, sutil, inadvertido. Pero no podía dejar de pensar en ella. Ni de hablarle. Por más que quisiera. Porque era un masoquismo consentido. Y lo sabía. Siempre lo supo. Y se sentía estúpido, ilógico, ridículo. Se sentía un mendigo. Oh, sí, eso es lo que era. La palabra perfecta en un contexto que no podía ser más perfecto, si cabía. Mendigando por algo que no llegaría. Nunca tan obvio, más bien sutil, pero mendicidad al fin y al cabo. Nada más que eso. Simple. Directo. Pero no podía ser de otra forma, porque dolía. Siempre dolía. Negación. Quizá fuera eso. No quería aceptar que ella ya no estaba más. De tan solo pensar en esos días, cuando se dormía abrazado a su cintura, se le encogía el corazón, se retorcía con desasosiego y así empezaba todo. Una y otra vez. Primero, una punzada en la sien. Luego, esa sensación de que le faltaba el aire. Después, los ojos nublados. Y, por fin, una lágrima asomando por su mejilla, acompañada de muchas otras lágrimas, brotando con tanta facilidad que él mismo se impresionaba. Finalmente, un sollozo incontrolable que le avergonzaba. Vergüenza de sentirse un idiota por ella, cuando ella ni siquiera sabía cómo sufría él cada vez que ese hermoso rostro de ojos oscuros acudía a su mente como una especie de tortura siniestra. Vergüenza de no poder controlar la boca y pasar a su lado e ignorarle. Vergüenza de saberse mendigo de un amor que ya no era más que un torcido recuerdo. No tenía que terminar así. No se suponía que así fueran las cosas. Y para qué hablar de hallar consuelo, si solo lograba torturarse cada vez más con el flagelo de su aroma, pegado a su cuerpo todavía, asido a su memoria y a sus sentidos, desgarrador, obnubilante. Si al menos supiera que ella sufría un tercio, la mitad de lo que él sufría por ella, sabría que nada había sido en vano, habría recordado todo con alegría y sosiego. Pero el solo hecho de pensar en ello era peor. Nada daba señales sobre ella. Nada indicaba que sufriera tanto como él, y eso, oh, eso le torturaba todavía más. Pensar que a ella no le importaba, que había sido tan fácil seguir adelante con su vida y con sus anhelos, que no pensaba en él ya más, que él era tan solo un recuerdo olvidado en la memoria del tiempo. Saber  que él no era más que un capítulo en la historia de su vida. Y por saber, oh, por saber si a ella le importaba tan solo un poquito todavía, habría dado la vida y muerto en paz.

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