Sí, lo sabía, era un masoquista, pero no podía evitarlo
cuando se trataba de ella. No le gustaba el dolor físico, no. Su masoquismo era
espiritual, del alma. Aunque no lo admitiera, aunque lo supiera. Le dolía no
tenerla, pero dolía aún más no saber nada de ella. No esperaba que le
respondiera, solo quería que, al menos, ella supiera que él seguía pensándola
cada día. Ese era su masoquismo. Después de todo, siempre quieres lo que no
puedes tener. Y ella, ella era inalcanzable. Tal vez siempre lo fue. Quizá él
siempre lo supo. Pero estaba enamorado, o eso creía. Y ya sabes lo que dicen
del amor, te vas volviendo idiota sin darte cuenta. Y así le sucedió. Sin
quererlo, sin buscarlo, le pasó. Pasó del cariño al amor. Y del amor… En el
amor se perdió. Ahora era un capricho, básicamente. Eso, al menos, era lo que
se obligaba a pensar. Un capricho que dolía como nunca nada había dolido antes.
Le carcomía, le roía el alma cada vez que pensaba en ella. Pero era inevitable.
No había nada más que lograra ocupar sus pensamientos con tanta concentración
como ella. Cerraba los ojos y aún la veía allí, recostada, desnuda sobre su
cama, a contraluz, mientras los débiles rayos de luz matutina delineaban su
figura esbelta, la misma con la que soñaba cada noche antes de dormir, único
momento en el que sus pensamientos viajaban a otros lugares, lejos de ella y de
su dolor, lejos del martirio de saberla lejos de sus brazos para siempre jamás.
Pero nada dura para siempre. Y volvía a despertar cada mañana, volvía a pensar
en ella, a mortificarse con recuerdos de un pasado mejor, una vida que le
parecía lejana, impropia, casi como si hubiese sido de otra persona. Un poco de
esa misma vida se fue con ella cuando le dijo adiós por última vez. Acaso eso
era lo que dolía, que fuera un adiós y no un hasta pronto. Un adiós definitivo,
doloroso y moribundo, de esos que te asfixian sin darte cuenta, que te van
matando poco a poco, lento, sutil, inadvertido. Pero no podía dejar de pensar
en ella. Ni de hablarle. Por más que quisiera. Porque era un masoquismo
consentido. Y lo sabía. Siempre lo supo. Y se sentía estúpido, ilógico,
ridículo. Se sentía un mendigo. Oh, sí, eso es lo que era. La palabra perfecta
en un contexto que no podía ser más perfecto, si cabía. Mendigando por algo que
no llegaría. Nunca tan obvio, más bien sutil, pero mendicidad al fin y al cabo.
Nada más que eso. Simple. Directo. Pero no podía ser de otra forma, porque
dolía. Siempre dolía. Negación. Quizá fuera eso. No quería aceptar que ella ya
no estaba más. De tan solo pensar en esos días, cuando se dormía abrazado a su
cintura, se le encogía el corazón, se retorcía con desasosiego y así empezaba
todo. Una y otra vez. Primero, una punzada en la sien. Luego, esa sensación de
que le faltaba el aire. Después, los ojos nublados. Y, por fin, una lágrima
asomando por su mejilla, acompañada de muchas otras lágrimas, brotando con
tanta facilidad que él mismo se impresionaba. Finalmente, un sollozo incontrolable
que le avergonzaba. Vergüenza de sentirse un idiota por ella, cuando ella ni
siquiera sabía cómo sufría él cada vez que ese hermoso rostro de ojos oscuros
acudía a su mente como una especie de tortura siniestra. Vergüenza de no poder
controlar la boca y pasar a su lado e ignorarle. Vergüenza de saberse mendigo
de un amor que ya no era más que un torcido recuerdo. No tenía que terminar
así. No se suponía que así fueran las cosas. Y para qué hablar de hallar
consuelo, si solo lograba torturarse cada vez más con el flagelo de su aroma,
pegado a su cuerpo todavía, asido a su memoria y a sus sentidos, desgarrador,
obnubilante. Si al menos supiera que ella sufría un tercio, la mitad de lo que
él sufría por ella, sabría que nada había sido en vano, habría recordado todo
con alegría y sosiego. Pero el solo hecho de pensar en ello era peor. Nada daba
señales sobre ella. Nada indicaba que sufriera tanto como él, y eso, oh, eso le
torturaba todavía más. Pensar que a ella no le importaba, que había sido tan
fácil seguir adelante con su vida y con sus anhelos, que no pensaba en él ya
más, que él era tan solo un recuerdo olvidado en la memoria del tiempo. Saber que él no era más que un capítulo en la
historia de su vida. Y por saber, oh, por saber si a ella le importaba tan solo
un poquito todavía, habría dado la vida y muerto en paz.











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